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Lorenza Raynafé, una cuestión de género

Los descendientes de irlandeses han mantenido un llamativo nivel de participación en la política argentina. Uno de los casos más emblemáticos ha sido el de los hermanos Reynafé, acusados por el asesinato de Facundo Quiroga e inmortalizados en las páginas de la historia ya sea como los asesi­nos a sueldo enviados por Juan Manuel de Rosas y apañados por Estanislao López o como los caudillos políticos y militares que signaron el destino de Córdoba. Sin embargo, la historiografía se ha olvidado de uno de los personajes centrales de la familia, piedra angular y sostén del clan: Lorenza Reynafé, una de las hermanas.


 


 


 


Lorenza Reynafé fue una mujer sin­gular para su época, tan singular que el extraordinario libro de cabecera de los irlandeses en la Argentina, escrito por Eduardo Coghlan le masculiniza el nombre por el de “Lorenzo” a quien atribuye haber colaborado con sus hermanos en su “azarosa vida política”. Pero “Lorenzo” era “Lorenza” y era extraño que una “Lorenza” a principios del siglo XIX realizara actividades propias de un “Lorenzo”. Las Lorenzas tenían un fin claro en sus vidas: la religión y el cuidado de sus hijos. Sin embargo, Lorenza Reynafé se extralimitó a los mandatos culturales y se transformó en una pieza fundamental para el desarrollo político y económico de la familia que en un inicio había llegado desde Irlanda. Lorenza era la típica mujer irlandesa: católica, sacrificada, luchadora y con gran pasión por la vida y por las cosas que emprendía.


 


Lorenza era hija de Guillermo Ken­nefeakey, quien acriolló su apellido a un avasallador “Reynafé” y de la no menos criolla Claudia Hidalgo de Torres. El irlandés, al casarse, pasó a ser dueño de las importantes propie­dades familiares, consolidando una inmejorable posición económica. Lorenza nació en el otoño de 1786 en la estancia Los Manantiales, pro­piedad de la familia Hidalgo. Era la quinta hija, pero la tercera viva, pues el resto eran nombres para la oración al igual que varios de los siete her­manos que le sucedieron. Su madre murió cuando sus hijos menores, los gemelos Antonio Isidoro y Fran­cisco Isidoro no contaban aún con dos años de edad. Si bien Lorenza tenía sólo quince años ocupó, por decisión propia, el lugar vacío y se hizo cargo de sus hermanos, de su padre y la administración del hogar. Abandonó sus estudios en el colegio Las Huérfanas en Córdoba que con tanto entusiasmo había emprendido. Pero también renunció a su gran amor, Pedro Caminos, quien la es­peró en vano durante muchos años mientras se embarcaba en varias de las luchas que formarían parte del historial de la patria. Pedro Caminos la admiraba y la comparaba con su contemporánea Macacha Güemes, hermana del general y, posiblemente también, descendiente de irlandeses, por su arrogancia, energía, temple y nobleza.


 


Lorenza se convirtió en la cabeza de la familia Reynafé haciéndose cargo también de las estancias, los negocios familiares, la educación de sus her­manos y de sus futuros casamientos. También se ocupó de su padre, quien no resistió la muerte de su esposa y fue decayendo poco a poco hasta mo­rir. Lorenza transcurría sus días entre la cocina de la enorme casa familiar donde se mezclaban el olor del asado con el del chocolate y las tortas, y el escritorio, donde con el tiempo comenzó a administrar las propie­dades de sus hermanos que vivían tranquilos sintiendo que los ojos de Lorenza cuidaban sus intereses y sus espaldas. Cuando ellos crecieron y se inmiscuyeron en la política, ella fue su compañera y consejera más leal. Guillermo, Francisco, José Antonio y José Vicente Reynafé estuvieron fuertemente ligados a Estanislao Ló­pez, a quien apoyaron al mando del Ejército Auxiliar Confederado contra las continuas incursiones del General José María Paz en Córdoba. Pancho Reynafé se transformó en un caudillo muy popular entre los cordobeses quienes se sublevaron contra Paz, porque así se los pidió él. Lorenza, a través de las noticias que le enviaban sus hermanos, estaba al tanto de toda la situación en la provincia y como su figura no despertaba sospechas hizo de intermediaria con Estanislao López a quien mantuvo al tanto de la exitosa campaña.


 


El general Paz no era la única amenaza que enfrentaba Córdoba. Facundo Quiroga era la otra, pues ambicionaba ocupar la provincia, empresa que ya había emprendido, sin éxito, en dos oportunidades. El triunfo de la campaña contra Paz su­mados a los esfuerzos por mantener a raya al Tigre de los Llanos, posibilitó que José Vicente Reynafé asumiera como Gobernador Propietario de Córdoba en agosto de 1831, gracias a los arreglos políticos de Fran­cisco. Ocupó el cargo con amplias facultades, con el grado de coronel y la protección de Estanislao López. También contaba con el incondicio­nal apoyo de sus hermanos y de su hermana Lorenza que se puso a su disposición sin sueldo ni horario e in­cluso armó su propio despacho en la gobernación. “Me tranquiliza mucho que tu estés ahí, pues nuestros her­manos siempre consultan tu parecer y conozco los prudentes consejos que les das continuamente” le escribió su hermana Rosario, enclaustrada en las Carmelitas1 . Francisco actuaba como el brazo armado del gobierno de su hermano. Mientras Guillermo ocupa­ba la comandancia de Tulumba y del fuerte que había fundado en Achiras. Las grandes decisiones del Gobierno se tomaban en domicilio familiar de los Reynafé, en Tulumba, de las que participaba activamente Lorenza, como la de incluir a Córdoba en la Liga Federal.


 


Ella transcurría sus días entre la gobernación de Córdoba y la aten­ción de sus hermanos, aunque ya eran hombres. Sin embargo, cuando Francisco estuvo a punto de perder su vida por una irritación biliar, fue ella quien permaneció a su lado hasta su total recuperación. Francisco era un verdadero caudillo que había peleado contra los unitarios, los indios y luego se convirtió en enemigo acérrimo de Quiroga y como tal, objeto de los des­velos de su hermana. Pancho actuaba bajo el amparo de Estanislao López y de su ministro Domingo Cullen. “Creo que debes aprender a dominar tus impulsos y a reflexionar más tus decisiones, porque así como te so­bran el valor y el talento, considero que tu genio puede llegar a perderte. No estaría mal que antes de ejecutar ciertas acciones te detuvieras a ana­lizar las consecuencias que te pueden acarrear...”2 , le aconsejaba Lorenza siempre al tanto de sus pasos.


 


Cuando sucedieron los aconteci­mientos de Barranca Yaco y ante la prudente distancia que decidió tomar Estanislao López, los hermanos Reynafé fueron compelidos por las autoridades de Buenos Aires a re­nunciar a todos sus cargos por ser los principales inculpados de la muerte de Facundo Quiroga. Lorenza, sa­biendo de la relación de Francisco con el riojano, estaba plagada de dudas e inquiría por correspondencia a Francisco y Guillermo por los cada vez más insistentes rumores que los involucraban con el fallecimiento del riojano. Ellos la mantuvieron alejada de esta situación y así se lo hizo saber Francisco “sabes mejor que nadie lo peligroso que era Facundo y que ninguno de nosotros le perdonamos las trapisondas que nos hizo. Este hecho lo saca de escena y aleja la amenaza que siempre representó para Córdoba... te prometo que conversa­remos largo... pero debes perdonarme por querer continuar manteniéndote ajena a esto por ahora”3 . José Vicen­te, José Antonio y Guillermo fueron apresados, engrillados y trasladados a Buenos Aires. El único que logró escapar fue Francisco con un bayo que le dio Domingo Cullen y la asistencia económica del padre de su prometida, Clarita Oliva, mientras en las pulperías de la provincia el nombre de Pancho Reynafé se vivaba con más fuerza. Las culpas llovían especialmente sobre él. Su situación se complicó aún más cuando detu­vieron a Santos Pérez, acusado de ser el autor material del crimen, quien declaró sin titubeos que cumplió ór­denes de Francisco Reynafé de acuer­do a lo dispuesto por la dirigencia del Partido Federal, de Rosas y López. José Vicente y José Antonio decla­raban su ignorancia sobre el tema y Guillermo decía haber actuado bajo las órdenes de su hermano Pancho. La familia se había desmembrado por las acusaciones y sospechas mutuas, pese a los esfuerzos de Lorenza por mantenerlos unidos.


 


Lorenza, desilusionada con la ac­titud de Estanislao López, quien soltó la mano a los Reynafé, pidió reiteradas audiencias al mismísimo Juan Manuel de Rosas. Se valió de un enorme cúmulo de documentos para demostrarle la inocencia de sus hermanos. Juntó pruebas de cada uno por separado, sabiendo que no serían suficientes para dejarlos en libertad, pero al menos aplazarían la indefectible sentencia. El alegato presentado por Lorenza no se dio a lugar y la causa se declaró cerrada corroborándole lo que sospechaba: “mis hermanos fueron sentenciados antes del juicio”. Rosas se negó a recibirla y Lorenza avanzó un paso más, y denunció que el crimen de Quiroga había sido producto de una intriga en la que estuvieron involu­crados, entre otros, Pedro Nolasco Rodríguez, Calizo María González y Santiago Derqui, quienes habían hecho público su odio hacia Quiroga en reiteradas ocasiones. Aseguró, además, que sus hermanos eran vícti­mas de la calumnia que habían hecho rodar los verdaderos asesinos.


 


Los bienes de toda la familia, in­cluidos los de Lorenza, fueron in­ventariados y confiscados por el nuevo gobernador cordobés, Manuel López, nombrado por Rosas. Lue­go de que sus hermanos, abatidos y desmoralizados, escucharan el veredicto, formalizaron sus testa­mentos y nombraron a Lorenza y a sus esposas como sus albaceas, sin saber que nada poseían. Los Reynafé, una familia distinguida y respetada de la sociedad cordobesa, pronto se vio presa del ostracismo y la indeferencia de muchos de sus amigos, incluso la esposa de José Antonio se alejó de él y ni siquiera le escribió una carta de consuelo durante su largo cautiverio. El murió en la cárcel junto a la presencia de su hermana que permaneció a su lado tomándole la mano, hasta que dio el último suspiro Un tiempo antes de la ejecución, Lorenza concurrió al presidio a despedirse de sus otros dos hermanos. Permaneció abrazada junto a ellos durante un largo rato y en silencio. José Vicente y Guiller­mo le pidieron una última voluntad que “daría consuelo a sus almas y paz a sus espíritus”: que ella estu­viera presente en la ejecución, pues su presencia les daría valor y nos se sentirían tan solos. Además, querían que ella rezase junto a sus cuerpos muertos y se ocupara de sepultarlos. Lorenza aceptó con resignación. El 25 de octubre de 1837 fueron ejecu­tados. Lorenza estuvo acompañada por Pedro Caminos, el gran amor de su vida, que la consoló durante las seis horas que duró la exhibición de los cuerpos de los Reynafé fusilados y ahorcados en la plaza de la Victo­ria. El principal acusado, Francisco Reynafé, no pudo ser apresado y durante los años siguientes luchó contra Rosas. El 26 de marzo de 1840, después de su derrota en Ca­yastá, saltó desde las barrancas del Paraná donde prefirió morir en lugar de ser capturado.


 


Lorenza decidió quedarse a vivir en la anónima Buenos Aires. Regresar a Tulumba le era imposible, pues era sinónimo de los años de felicidad familiar. A menudo concurría al cementerio para colocar una flor a sus hermanos y rezar junto a sus tumbas. Lorenza vivió una vida de renunciamientos y de alguna manera se vio subyugada por actividades reservadas a los “Lorenzos”. Ella formó un clan del cual era cabeza. Una mezcla de amor filial, negocios y política, la fascinaron. Murió, sola, a los 72 años. Sus restos descansan junto a los de sus hermanos en el cementerio de la Recoleta.


 


Carolina Barry


 


1) Carta de María del Rosario Reynafé dirigida a Lorenza Reynafé. Febre­ro de 1832.


 


2) Carta enviada por Lorenza Reynafé a Francisco Reynafé, Córdoba, julio de 1834.


 


3) Carta enviada por Francisco Reyna­fé a Lorenza, abril de 1835.


 


«Mujer Sentada» de Angela De Luise (Perú, 2005)

 
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 width= D. Luis Galiano
Tulumbano, “cronista” apasionado de la Historia y de las historias tulumbanas.
 
  
 
 

 
Villa Tulumba 2004